Núm. 37 (2020): Núm. 37 (2020) enero-junio 2020. Lógoi. Revista de Filosofía

Desde la segunda mitad del siglo XX hasta los días que nos transcurren, hemos vivido la filosofía en una de atmósfera de pasadizo, de travesía, de camino que anuncia un curso hacia otros tiempos. Atravesamos cosmovisiones, lenguajes, sistemas, verdades que comenzaron a develarse en ‹‹crisis››, que dieron paso a otras maneras de pensar el mundo y que, de formas distintas, conocimos como postmodernidad. Nuestras reflexiones transcurrían en medio de aires fronterizos, de discusiones con el ‹‹pasado››, de reivindicaciones, mientras comprendíamos que la filosofía se revelaba más próxima al cuerpo, al diálogo, al rizoma o la deconstrucción. Esas reflexiones tendieron puentes para revisar profundamente nuestras epistemologías, para reconocernos diversos y situados –y no conciencia pura o trascendentales–, para pensar lo plural sin separarnos del mundo, diluyendo otredades, dualismos y encontrando perspectivas. Esa postmodernidad, además, no significó un ‹‹tránsito›› –al menos no, hasta ahora– hacia un nuevo ajuste, hacia otro terreno estable, de acomodo, como soñaban algunas voces que imaginaban la era postmoderna como una suerte de Renacimiento. Nada obliga a los caminos diversos de revisión y cambios a conducirnos a otro tiempo de fundamentos, a otro proyecto que nos ordene la vida; esa aspiración aún evoca, secretamente, los tiempos modernos. Aunque tampoco podemos asegurar que no ocurra. Esas revisiones complejas de finales de siglo e inicio de milenio, que no mostraron ánimos de fundar o fundamentar, que se encontraron con la fuerza olímpica de la tecnología, nos han permitido llegar hasta estos tiempos asombrosos que atravesamos hoy, que se distinguen, muy especialmente, porque anuncian ‹‹pasado››. Porque vaticinan lo nuevo o lo que sin lugar a duda ha de venir. Tiempos en los que ya no se dialoga propiamente con lo pensado o lo sucedido, sino que anuncian lo que se ha dejado atrás. Si bien los ‹‹nuevos tiempos›› renacentistas o modernos, por ejemplo, asumieron lo mismo con relación a sus antecesores, nosotros, sin embargo, estamos ante una irrupción indetenible del dominio del prefijo latino post. Postverdad, postfotografía, postpresente, postdemocracia, postilustración, postantropocentrismo, posthumanismo... et alia. Nunca fue fácil definir postmodernidad, al menos en un sentido claro y compartido. Pero ante la postpostmodernidad, eso tal vez ya no sea lo relevante. Pero de todos los post que nos visitan, o que nosotros visitamos, nos toca pensar filosóficamente en uno, el posthumanismo. No podemos trazar tiempos precisos, pero se trata, como bien se afirma, de la filosofía de nuestra época. Esa primacía del post, ‹‹después de››, nos lleva necesariamente a la pregunta: ¿qué es lo que tan insistentemente queremos dejar atrás? O, en un tono más posthumano, ¿qué cosas son las que es preciso dejar atrás? El plural es importante. Y cada uno, desde su oficio y reflexión, nos dirá qué se implica en esa despedida a la fotografía, la Ilustración o la verdad. En el caso que nos ocupa, la despedida es a ‹‹lo humano››, a las humanidades. Debemos saber, entonces, qué estamos abandonando y qué es lo que viene ‹‹después››. Desde la perspectiva del posthumanismo, se está repensando, deconstruyendo, develando –con herencias nietzscheanas, foucaltianas, deleuzianas, entre otras– la noción de lo humano, del hombre como lo hemos concebido hasta ahora, mientras apuntamos hacia una nueva comprensión. Podemos comenzar a plantearlo desde la conciencia ecológica de nuestros tiempos, la urgencia de corregir nuestros excesos contra la naturaleza, la irrupción determinante de la tecnología, la reflexión y apertura hacia lo plural y lo diverso. En ese encuentro de conciencias y cambios se ha mostrado con apremio repensar lo humano.
Publicado: 2020-04-15