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Lo mejor de Ciudad Guayana fue siempre su aire inaugural, su halo de
comienzo, la sensación que casi todos aquí sentimos alguna vez de ser actores y
testigos de un tiempo nuevo y distinto que arrancaba, y nosotros allí: convidados
a vivirlo y a construirlo. Hasta hace pocos años la palabra planificada, que se usó
como adjetivo y como promesa de un próspero destino para la ciudad, guardaba
escondido también el significado de un plan individual, un plan de vida de cada uno
de los que aquí vinimos, en el que estaban un trabajo seguro y bien remunerado,
la probabilidad de construir los caminos personales, y estaban visualizados la
familia, los hijos y, en síntesis, la vida. Esta iba a ser una ciudad enclavada en
la provincia, lejos del centro geográfico, pero abierta al mundo, cerca de todo lo
avanzado, moderna, cuando la palabra modernidad todavía tenía sabor a futuro
y a progreso.
Se dice fácil: fundar una ciudad en el año 1961. Quienes la vislumbraron,
planificaron y construyeron debieron sortear mil dificultades y tropiezos. A
cincuenta años de distancia de aquel acto inicial, es justo reconocer el mérito
de los individuos e instituciones a quienes el Estado encomendó esas tareas, lo
consiguieron. El mérito es mayor si consideramos los vicios patrios de empezar
y no continuar, de dejar las cosas a medio hacer o de estar haciendo obras que
no concluyen nunca. El gran historiador venezolano, Germán Carrera Damas,
cuando analiza los componentes de la crisis de la sociedad colonial (Una nación
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llamada Venezuela, Monte Ávila, 1987), que en su enfoque historiográfico ubica
incluso más acá de la fecha la Independencia, aporta un dato revelador: se había
detenido el poblamiento de Venezuela; el último pueblo fundado –dice Carrera
Damas–, fue San Fernando de Apure en 1788; tal vez parezca irrelevante, pero
me toca añadir que Tumeremo, el último pueblo fundado en Guayana por los
sacerdotes capuchinos catalanes, y lugar donde nací, tiene aquella misma fecha
de fundación, 1788, y allí se detuvo por cierto, y por casi 60 años, el poblamiento
de Guayana, que se reanuda puntualmente a mediados del siglo XIX cuando se
descubren los yacimientos auríferos de El Callao.
Tuvo que transcurrir más de un siglo desde la fiebre que produjo el oro del
Yuruari para que se concretara Ciudad Guayana como producto de la decisión
de Estado de establecer aquí un polo de desarrollo. Y se vieron obligados a
poblar estos espacios para hacer sustentable en el tiempo un desarrollo industrial
concebido como una de las alternativas no petroleras para el avance del país.
No existe en Venezuela otro proceso fundacional como el de Ciudad Guyana.
Antes, en los lugares hasta donde se extienden hoy sus límites geográficos, hubo
pueblos y caseríos, nacieron y se extinguieron asentamientos humanos; San Félix
o Puerto de Tablas estuvo a veces donde ahora se encuentra pero era otra, sin
fecha cierta de nacimiento y con fundador desconocido, pero el azar le regaló
una batalla con su nombre que la introduce en la historia de manera heroica.
En la otra orilla, en el lado de Puerto Ordaz había un campamento con perfiles
urbanos, pero lo construido aquí es distinto a lo que antes existía. Los trabajos
que reúne esta publicación recogen en buena medida lo que tuvo que ocurrir, en
distintos órdenes, para que naciera Ciudad Guayana.
De cualquier manera, la vida de Ciudad Guayana, sus orígenes, sus
antecedentes, su fundación, sus rutilantes primeros años y sus enormes déficits
sociales y ambientales, son temas abiertos. Si a ver vamos, todas las ciudades
del mundo se interpelan y cuestionan en las voces de quienes las visitan o viven
en ellas.
Si acaso pudiera simplificar la naturaleza de los magníficos ensayos que
constituyen esta revista diría que es un compendio de memorias. Cuando leí
el último de los trabajos que la integran vi claro el lazo que amarra los relatos:
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los autores son en buena medida testigos, actores y voceros del nacimiento
que relatan: la ciudad está naciendo todavía y todos ellos son también sus
habitantes.
Reinaldo Rincón recoge en su ensayo la historia del poblamiento remoto de
estos lugares. Su voz de investigador insiste en recordarnos que no todo comenzó
hace 50 años, que hubo aquí otros comienzos y otros intentos, que hay aquí huellas
de indígenas y de españoles, de espadas conquistadoras y aventureras enterradas
junto con las cruces consoladoras que trajeron sacerdotes jesuitas y franciscanos
en una terca y a veces frustrante fatiga por poblar, construir y sembrar.
Ese relato de los “antecedentes” tiene una conexión directa con el ensayo
que firman Belzahir Flores y Ninoska Díaz, en el que toman a la planificación de
un centro cívico como motivo para hacer una valiosa síntesis crítica de los hitos
de la planificación y construcción de la ciudad, y tocar a un tiempo unos de los
debates más abiertos, actuales y vibrantes: la escasa participación ciudadana en
la planificación y los cambios de zonificación urbana contra los planes originales,
cambios con los que parece que perdimos todos.
Alejandro Gamboa, también en la línea de la investigación histórica, aborda
la construcción de la ciudad desde el recuento memorioso de uno de los íconos
espirituales de la ciudad, el Colegio Loyola Gumilla. Aprovecha Gamboa y, junto
con la historia del Colegio, recorre buena parte de la inagotable y fructífera
presencia de los jesuitas en tierras guayanesas; rinde tributo a una obra y a
unos maestros, laicos y religiosos, que dibujaron y dibujan aún los contornos
espirituales de estos parajes.
Los tres ensayos que completan esta obra están conectados por un común
carácter: entreveran el rigor histórico y la investigación con testimonios que le
aportan un humano y cálido sello a la memoria, de tal manera que sin ellos, sin
esos testimonios, la historia contada sería veraz y útil, pero no sería la misma.
José Carlos Blanco Rodríguez introduce un tema capital: el nacimiento de una
cultura urbana. Se sabe que la ciudad es la más avanzada manera de agruparse
y convivir que han ideado los humanos. Un atrevido autor cuyo nombre se me
escapa decía que todo lo importante que ha producido la humanidad lo ha hecho
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en las ciudades. De manera que a la audacia de poblar –para acompañar unas
presas hidroeléctricas y unas fábricas–, que aquí se llevó a cabo, existió otra,
igual de ambiciosa: construir no un campamento, no un poblado, sino una ciudad.
En ese esfuerzo por construir lo más civilizado desde el inicio, por despojar a la
sabana de lo primitivo y silvestre que aquí había, participó decisivamente el sector
privado. Blanco Rodríguez hace aportes fundamentales con este ensayo: no fue
solo el Estado el que hizo ciudad, sectores de la economía privada, individuos
por su propia cuenta, apostaron a fundar aquí una cultura distinta a la minera, a
la pueblerina y a la típicamente provinciana. Una de las acepciones de provincia
que más me impresiona es la que la define como “lugar de los vencidos”: el
exilio, la expulsión de la ciudad, era una pena ubicada en un peldaño debajo de
la esclavitud, porque arriba, de primera, estaba la pena de muerte. Esta ciudad
se funda con inequívoca ambición citadina, abundan las pruebas, esta que
aporta Blanco es una de ellas. El papel que jugó el Centro Comercial Caroní en
la conformación de una cultura de ciudad es tratado por Blanco Rodríguez con
especial afecto y tino, y al tocarlo introduce uno de los asuntos perennes del
debate de Ciudad Guayana: su vocación citadina en contraste con la ruralización
de Venezuela en estos últimos años, que amenaza con devolver todo a lo agreste
e incivil. Hay un enorme espacio a partir de este trabajo para debatir lo que pudo
ser mejor y debe ser realizado, para rediscutir el desorden urbano, los necesarios
espacios para el arte y las ciencias, la conexión con la era del conocimiento y,
en el fondo, el tema inevitable de la inclusión social y la participación ciudadana.
Tal vez en el terreno social, en la exclusión y en la injusticia hay aquí, en estos
espacios, muchos, tal vez demasiados sueños rotos, pero ese es tema de otra
revista, de otros ensayos por escribir.
Alfredo Rivas Lairet documenta para la historia, en un elocuente, singular e
insoslayable relato qué cosas atrevidas e insólitas tuvieron que realizarse para
consolidar el esencial nervio económico de ciudad, el conocido Plan IV de la
Siderúrgica del Orinoco (SIDOR). La Guerra del Yom Kipur había disparado
los precios del petróleo, el gobierno Venezolano decide apurar los planes de
inversión en la industria pesada del acero, hay fiebre de dólares y palabras en la
sede del poder que proclama la construcción de La Gran Venezuela, Guayana
es privilegiada con la inversión de recursos…pero no hay casas ni hoteles para
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alojar a los miles de técnicos y obreros que requieren las obras. Es entonces
cuando el Estado venezolano decide comprar, para usarlo como hotel flotante,
un barco crucero de lujo de bandera italiana, el Cristóforo Colombo. Al lado de
las sabrosas anécdotas y del pícaro relato que Rivas Lairet recoge y reproduce
de manera fiel, está la conmovedora historia del barco mismo, desde sus dos
bautizos (fue rebautizado en el Orinoco) y su desmontada capilla que se queda
en Ciudad Guayana, hasta su desguazamiento final.
Robinson Lizano reconstruye lo que él mismo denomina el lento y accidentado
camino de la televisión en Guayana. Nada tan gráfico y oportuno como este relato
para ilustrar lo difícil que es civilizar, si entendemos este término, en este caso
específico, como el acceso libre de un grupo humano a uno de los más poderosos
inventos que se haya realizado. Lizano salpica su bien documentado ensayo
sobre el desarrollo de la televisión en Venezuela y en la región con inolvidables
anécdotas. Poblar, deduce uno luego de leer este trabajo, es mucho más que
hacer casas y mudar a la gente.
He disfrutado y he nutrido mi espíritu con cada uno de estos trabajos. Espero
que cada lector encuentre en ellos el trozo de memoria que sus autores dejaron al
escribirlos. La ciudad anda todavía en la primera infancia de su vida y busca con
su gente de trabajo los sueños de futuro, prosperidad y justicia que le sembraron
los que la concibieron y forjaron, que son muchos. Estos ensayos honran aquellos
esfuerzos fundadores en este 50 aniversario.
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