obligación de retener textualmente el
articulado de códigos y leyes. No obstante, al
vivir esta experiencia con la madurez previa,
pude constatar un contraste metodológico
profundamente significativo.
A diferencia del dogmatismo clínico de mis
primeros años universitarios, la facultad de
derecho incentiva, de manera mucho más
tangible, la argumentación jurídica y el
análisis crítico. La evaluación ha comenzado
a mutar, ya no se premia únicamente la
capacidad de recitar una ley de memoria, sino
la habilidad para interpretar la norma, buscar
sus lagunas y aplicarla a la resolución de
conflictos humanos reales. Los exámenes y
las evaluaciones continuas, basados a
menudo en estudios de jurisprudencia y
resolución de casos prácticos, exigen al
estudiante abandonar la pasividad.
Esta transición en la forma de evaluar, donde
el debate, la oralidad y la hermenéutica
jurídica cobran protagonismo, refleja un
acercamiento a lo que Caubet, Sánchez y
Lachaga (2024) identifican como la
evaluación formativa orientada a la
construcción de profesionales críticos. En
este espacio, el estudiante ya no es un mero
receptor, sino un Sujeto Activo, un intérprete
de la realidad social que debe formular
argumentos lógicos y defender posturas
fundamentadas. La ley deja de ser una letra
muerta que se memoriza para el examen,
convirtiéndose en una herramienta viva que
requiere del juicio, la ética y la capacidad
analítica del futuro abogado.
Este contraste entre mis dos procesos de
formación universitaria fundamenta mi
convicción actual: si las instituciones de
educación superior no abandonan la
evaluación como un mecanismo de castigo
memorístico para abrazar una evaluación
compartida y dialógica, seguiremos egre-
sando profesionales incapaces de dar
respuesta a la complejidad del sufrimiento y
de los conflictos humanos.
La convergencia de estas trayectorias me ha
conducido inexorablemente al campo de la
Medicina Legal, un espacio que exige
transitar de la imposición al diálogo,
consolidando el consentimiento informado
como el máximo acto de evaluación
compartida. Si analizamos la praxis médica
contemporánea a través del prisma
pedagógico, descubriremos que la relación
médico-paciente es, en el fondo, un proceso
evaluativo continuo que sufre de los mismos
vicios que el sistema escolar tradicional.
Un médico formado bajo la pedagogía del