Reconfiguración de los roles de
género en
El caso de las mujeres de la Huasteca
potosina
Reconfiguring Gender Roles in Indigenous Communities in Mexico:
The case of the women of the Huasteca Potosina
Beatriz Ximena
Gómez Ballesteros
Universidad Autónoma de San Luis Potosí
México
Correo:
ximenagomezuaslp@gmail.com
ORCID:
https://orcid.org/0000-0001-9569-6896
Valente Vázquez
Solís
Universidad Autónoma de San Luis Potosí
México.
Correo:
vazquezsv@uaslp.mx
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8421-7201
Anuschka Van´t Hooft
Universidad
Autónoma de San Luis Potosí
México
Correo: avanthooft@uaslp.mx
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-3742-9121
Resumen
El trabajo propone un camino por las
narrativas de los roles de género al interior de las viviendas de mujeres tenek y náhuatl de la Huasteca potosina, México. Contiene
la vivencia de la reconfiguración de los roles de género al interior de los
hogares, mediante entrevistas semi estructuradas realizadas en comunidades del
municipio de Tancanhuitz, con mujeres que de manera voluntaria o circunstancial
salieron de sus comunidades desde temprana edad para trabajar en zonas urbanas
y rurales, incorporándose como trabajadoras domésticas o trabajadoras del campo
en el norte y centro del país. Como resultado, se encontraron aspectos
destacables como el reconocimiento de adoptar una nueva organización familiar a
partir de sus experiencias y vivencias en otros sitios, así como nuevas
percepciones sobre las tareas domésticas y la división sexual del trabajo
dentro de los hogares, que han sido transmitidas con el resto de los miembros
de la unidad familiar y finalmente, la autonomía y libertad con que se
desenvuelven aquellas mujeres que regresan a sus comunidades. Se plantea además
la necesidad de profundizar en los estudios sobre este fenómeno en la región
desde las propias vivencias y realidades.
Palabras
clave: roles de género,
familia, género, comunidad, migración.
The work proposes a path through the narratives of gender roles inside the
homes of Tenek and Nahuatl women of the Huasteca potosina, Mexico. It
contains the experience of the reconfiguration of gender roles within homes,
through semi-structured interviews carried out in communities in the
municipality of Tancanhuitz, with women who
voluntarily or circumstantially left their communities at an early age to work
in urban and rural areas, becoming domestic workers or farm workers in the
north and center of the country. As a result, notable aspects were found such
as the recognition of adopting a new family organization based on their
experiences in other places, as well as new perceptions about domestic tasks
and the sexual division of labor within homes, which have been transmitted to
the rest of the members of the family unit and finally, the autonomy and
freedom with which those women who return to their communities operate. The
need to deepen studies on this phenomenon in the region from one's own
experiences and realities is also raised.
Keywords: gender roles, family,
gender, community, migration.
Introducción
Si bien el concepto de género ha sido utilizado para destacar la
división sexual del trabajo entre hombres y mujeres y sus responsabilidades
otorgadas socialmente, García y Oliveira (1990) revelan que, en los años
sesenta del siglo XX, sobresale la investigación de quienes se interesan por
examinar la forma en que las unidades domésticas como espacio de reproducción
cotidiana están ausentes. De acuerdo con las autoras, entre los años setenta y
principios de los ochenta, dominó el enfoque de investigaciones centrados en el
análisis de las estrategias familiares de supervivencia, en las que se
demuestran los arreglos establecidos como mecanismos para hacer frente a
situaciones económicas de privación. De acuerdo con Vinent
(2001), las aportaciones desde la antropología, filosofía, sociología y
economía, entre otras, convergieron en la construcción de la teoría de género;
en este contexto, la autora dirige su análisis a la historicidad de las
diferencias sexuales. En particular, Lagarde (1997) define el género como una
construcción simbólica que incorpora atributos sociales, económicos, políticos,
culturales y jurídicos, los cuales son asignados a partir del sexo,
comprendiendo así la desigual distribución del poder, trabajo y consumo en la
familia y en sociedad.
Los trabajos sobre la familia, la división sexual del trabajo y el
género han tenido una fuerte connotación dentro de la academia en los últimos
años, lo cual ha permitido visualizar la transformación de las familias con
relación a los roles de género. En palabras de García (1999), la construcción
cultural diferenciada entre lo femenino y lo masculino, la condición social de
las mujeres y los roles, en escenarios específicos, inciden en las migraciones.
Sin embargo, para Esteinou (2001) también los cambios
económicos, sociodemográficos y socioculturales han estado presentes en las
familias mexicanas, derivando así una nueva reorganización de éstas.
Los cambios referidos parten desde la desvinculación de las
uniones, pluralidad de modelos culturales, el incremento de familias en donde
ambos padres laboran fuera del hogar y la baja en la tasa de fecundidad, por
mencionar algunos, los cuales no solo modifican las estructuras familiares,
sino el tipo de relaciones al interior del núcleo familiar. Trabajos como el de
Minuchin (1977), sugieren que la familia no es estática, está en continuo
movimiento, por tanto, lo importante es analizar la interacción familiar dentro
de la estructura familiar.
Otros trabajos documentados sobre la familia incluyen las
investigaciones de Parsons (1943, 1953, 1955 y 1959), quien da cuenta sobre la
familia nuclear aislada, es decir, la forma familiar de las sociedades
industriales, así como los de Sussman (1959) y su
estudio sobre parentesco y relaciones familiares en Cleveland, los de Young y Willmott (1957), en el barrio londinense de Bethnal Green, en donde se comprobó el papel que realizaban
las redes familiares para ayudar a otras familias en situaciones de búsqueda de
trabajo o casa. Las revisiones documentales sobre las dinámicas familiares más
recientes como la de Sánchez, et al., (2015), concentran los hallazgos sobre
estas en el plano nacional e internacional, con el objetivo de describirlas en
contextos de vulnerabilidad de los miembros. Atendiendo el comportamiento de
estas dinámicas en otros contextos, Flaquer (1998) abordó el porqué de los
cambios en las estructuras de familias españolas, resaltando la importancia de
remontar al pasado para entender las transformaciones de éstas y la lógica de
las instituciones que mantenían los sistemas tradicionales.
En este sentido, entre las propuestas latinoamericanas, se
encuentra la de Sierra, Madariaga y Abello (1997), quienes mostraron interés en
examinar las redes de intercambio y las dinámicas familiares de mujeres
trabajadoras en condiciones de pobreza en la ciudad de Barranquilla, Colombia,
resaltando que aquellas mujeres jefas de familia presentan una triple
responsabilidad, la económica, el mantener activas las redes de apoyo y
convivencia con el entorno y en menor proporción, así como fungir como gestoras
sociales. Aspectos que esta investigación también ha identificado en las
familias mexicanas.
Otro caso de la región colombiana, es el de Viveros (2010),
Agudelo (2005), Macías, Amar y Arrieta (2005), quienes hacen una reflexión de
la prevención temprana infantil sobre la violencia al interior de las familias,
y cómo se desarrollan las dinámicas familiares con menores con problemas
psicosociales, los cuales influyen en la organización familiar. Todos estos
estudios realizados en distintas tipologías familiares en contextos
colombianos.
Con relación a la dinámica familiar en México, García y Oliveira
(1994), Salazar (2006), Torres et al., (2008), centran sus análisis en
contextos urbanos y rurales a partir de la conformación de familias mexicanas,
enfatizando la importancia de la división de roles familiares para la
resolución de conflictos, así como las relaciones de cooperación y poder al
interior de estas.
Por otra parte, para Torres et al. (2008), cuando se analiza a la
familia con perspectiva de género, se examinan componentes que no habían sido
considerados como relevantes para la comprensión de la diversidad de las familias
y su transformación, como los procesos de formación familiar, la división
sexual del trabajo y la dinámica familiar. En este sentido, se afirma que aun
en el presente, estos componentes influyen dentro de la organización familiar y
de manera más aguda en las familias de las comunidades, en donde el trabajo en
el campo también es un elemento que de cierta manera ha modificado los roles al
interior de los hogares. Otro componente de singular interés es señalado por Sternberg,
Lamb, Guterman, Abbott y Dawud-Noursi
(2007); Tan y Quinlivan (2007); Yanes y González,
2001 (citado en Torres
et al., 2015), quienes consideran que frecuentemente los jefes de familia
imponen su autoridad a las mujeres, que a la vez, padres y madres lo replican
con sus hijos e hijas, acciones que generalmente van acompañadas de algún tipo
de violencia. Lo anterior refuerza la idea de que las relaciones de poder al
interior de las familias son asimétricas, siendo el inicio de las desigualdades
al interior de los hogares.
En este orden de ideas, Vega (1994) y Tepichin
(2016) centran su atención en las transformaciones de la unidad familiar, por
un lado, a partir de la participación de la mujer casada en el mercado laboral,
por otro, indagan sobre la atribución tradicional de hombres y mujeres a tareas
concretas culmina vinculándose con lo que es ser hombre o mujer en contextos
específicos. De ambos escritos, se desprende un valioso aporte que sostiene que
la mujer, aunque trabaje fuera del hogar, no las libera del trabajo doméstico,
hay una continuidad sobre los roles en donde la mujer continúa con las tareas
domésticas. Por tanto, la división sexual del trabajo conforme a la teoría de
la domesticidad asigna de forma exclusiva el trabajo no remunerado a mujeres,
como el doméstico de auto consumo, trabajo de subsistencia, de cuidados a
familiares y de voluntariado; esta condición naturalizada tiene efectos en la
condición de las mujeres pobres o no.
Se destaca entonces cómo las estructuras familiares pueden
determinar las desigualdades de las mujeres, sobre todo en edades avanzadas.
Los hogares monoparentales con un solo ingreso, son más propensos a la pobreza
y a la sobrecarga de cuidados de otras personas en comparación con hogares con
dos ingresos, en donde se cuenta con el apoyo de los miembros de la familia
para el trabajo de cuidados y de las tareas domésticas como lo que se ha
expuesto sobre el caso colombiano. Al respecto, existen casos documentados
sobre la realidad mexicana, expuestos por Carrasco (2006), Damián (2008, 2011),
así como el de Chant (2003), González de la Rocha
(2003) de mayor alusión entre la academia para destacar la escasez de ingresos
en la familia, así como la importancia del conocimiento previo de los recursos
de los hogares, su generación y utilización para adentrarse al análisis sobre
el tipo de economía familiar.
Los estudios tradicionales sobre la familia en México reconocen la
diversificación de estas, generadas a partir de la integración de las mujeres
al mercado laboral o a la conformación de la misma familia. Por su parte, para
Arriagada (1997), la desigualdad al interior de las familias es un tema que se
relaciona con los estudios de género y con la importancia de una mejoría en las
condiciones de vida de las mujeres y los niños. En este sentido, Tuñon, Riquer y Velázquez (1990, citado en García y
Oliveira, 1994), exponen la diversificación del trabajo femenino en zonas
rurales, destacando tres puntos: la incorporación de mujeres a temprana edad a
la agroindustria o maquila, la creciente participación de mujeres casadas o con
hijos en el trabajo a domicilio por subcontratación, en ocasiones mal pagado, y
las mujeres como responsables del cultivo de la parcela familiar, mientras que
los demás miembros del núcleo familiar venden su fuerza de trabajo en el
mercado local, regional o internacional.
En general, la situación de las mujeres respecto a la
accesibilidad de recursos, bienes, oportunidades laborales, es complicada,
tanto en contextos urbanos como rurales. Las desigualdades de género siguen
presentes en la vida de ellas. La situación se agrava cuando se trata de
mujeres indígenas, por presentar triple desigualdad: el ser mujer, ser pobre y
el ser indígena. La literatura existente sobre los estudios de género ha dejado
ver la diversidad de grupos de mujeres, que desde sus posibilidades y recursos
han sabido enfrentar vulnerabilidades y desigualdades a lo largo de su vida.
Resulta relevante abordar cómo desde la ruralidad las mujeres hacen frente a
estas privaciones, cómo logran adoptar nuevos elementos en sus dinámicas
familiares.
Esta investigación se realizó desde
un enfoque etnográfico, lo que permitió identificar una reconfiguración de los
roles de género al interior de los hogares a partir de elementos como la
migración femenina, el trabajo doméstico fuera de la vivienda y las
experiencias de vida de las mujeres indígenas que se trasladaron a otros sitios
desde temprana edad a trabajar. Las vivencias desde su niñez hasta su edad
adulta han influido de cierta manera en su autonomía, seguridad, libertad y su
perspectiva sobre las relaciones de género en sus hogares, logrando así
modificar los patrones conductuales que les fueron impuestos durante distintas
etapas de su vida.
Antecedentes de
actividades femeninas en hogares indígenas
Desde los estudios de género y los análisis empleados por
organismos internacionales que profundizan en la problemática, Rodríguez
(2014), Arriagada (1997), Batthyany (2021) y la ONU
–Mujeres (2019), expusieron la distribución desigual de actividades domésticas
al interior de la familia. También, en estos estudios, los trabajos como los de Hochschild (2012, 2008), Vega (2009), Izquierdo, Mora, Duarte (2008), Torns et al. (2004), Ehrenreich, Hochschild (2003), Fraise (2000), Maruani et al. (2000), Sevenhuijsen (2000), Setién (1998), Jecker, Donnie (1991), Bubeck (1995), resultan indispensables para el análisis del
cuidado dentro de las familias, interpretados como trabajo doméstico,
jerarquizando las obligaciones del cuidado entre las mujeres de la familia. Lo
que lleva a reflexionar sobre las desigualdades de género persistentes al
interior de la familia como punto clave para la comprensión de la búsqueda de
las mujeres en nuevos espacios laborales fuera del hogar o de su comunidad de
origen que les permitan autonomía y libertad.
Con
relación al desarrollo de este fenómeno en las comunidades indígenas, de
acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el
Observatorio de igualdad de Género de América Latina y el Caribe (2014), a
partir de la creciente participación social y política de los pueblos indígenas
en América Latina, las mujeres indígenas centraron sus demandas históricas, y
agregaron a sus agendas asuntos relacionados con las inequidades de género, la
violencia y la salud reproductiva, entre otros.
Por lo anterior, para contextualizar el fenómeno desde las
comunidades rurales, se retoman estas transformaciones dentro de estas, así como
los factores que han intervenido en esta nueva reconfiguración de los roles de
género en los hogares de comunidades indígenas. Por tanto, la continuidad de
los estudios sobre las familias rurales resulta relevante para indagar a
profundidad sobre las dinámicas familiares en estos espacios en donde las
desigualdades de género se dan con mayor intensidad por cuestiones de usos y
costumbres.
De acuerdo
con el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres, 2006),
la definición de población indígena es sujeta a diversos criterios, por lo que
la lengua hablada por los individuos es uno de los principales criterios que se
consideran para determinar la pertenencia de la población indígena, siendo esta
la base en la recopilación de información de los censos de población y
encuestas.
Parte de las
diferencias de la población considerada indígena y la no indígena, corresponde
a los roles, función y valoración social asignada a las mujeres en los procesos
culturales y sociales, establecidos en las redes y relaciones entre las
parejas, los padres e hijos, así como instituciones sociales. Por tanto, el
papel que las mujeres ejerzan en sus hogares, no solo depende del cuidado y
crianza de sus hijos, sino de la educación y salud de ellas, aspectos que
mejoran su calidad de vida.
En
palabras de Konieczna (2011), en regiones indígenas
las costumbres y los patrones de la educación familiar son parecidos a los
establecidos en la época prehispánica. En este sentido, la autora retoma los
escritos de cronistas españoles de la época de la conquista, quienes narraban
como se preparaba a los hijos para una vida digna. La autora centra su análisis
en la educación de las mujeres. En los escritos de Sahagún, se describe cómo
hasta los cuatro años, niñas y niños jugaban libres sin preocupaciones. Las
niñas jugaban con tierra y pedazos de cerámica. Posterior a esta etapa, las
niñas aprendían las tareas de la casa, esta educación generalmente era brindada
por la mujer.
En
igual forma, en el códice Mendoza1 se representa cómo la madre enseñaba
a la hija a hacer tortillas, barrer la casa, aprender a hilar y tejer. Estas
actividades, correspondientes a las mujeres, se perfeccionaron a través de los
años hasta llegar a la edad de casarse. El cronista Fray Jerónimo de Mendieta
describe cómo las madres enseñaban a sus hijas a saber andar (caminar sin
prisa, sin reírse, sin mirar a los que vienen de frente) y a cargar cosas en
público. A la edad de catorce años, la mujer era considerada adulta, en ese
momento, su educación ya debía ser perfecta, tanto en cómo atender a su marido
y su casa, así como a su comportamiento, su manera de mirar y hablar (Konieczna, 2011).
Por otro lado, entre los trabajos que han abordado las mujeres indígenas de
la región, se encuentra el de Pessolano
(2020), quien expuso la relación entre la división sexual del trabajo y la
persistencia campesina, en un caso concreto en Argentina durante el periodo de
2012-2018. La autora reconoce
distintos estudios de caso recientes en Argentina, que enfatizan la propagación
de la división sexual del trabajo asignado a las mujeres campesinas, de manera
exclusiva el trabajo doméstico o de cuidados, más el trabajo de producción
agrícola, provocando extensas jornadas de trabajo, y además participar como
asalariadas en el mercado laboral.
De la misma forma, autoras como León (2011), pionera en la investigación
sobre género y sociedades rurales en América Latina; Farah (2003), Flores,
Zamarripa y Mendoza (2022) y Bojórquez (2011), han profundizado en la situación
de desigualdad de la mujer indígena desde la distribución y acceso a la
posesión de tierras en América Latina. Aportes que de cierta manera han abonado
al planteamiento de la problemática desde otra óptica, lo que permite explorar
sobre aquellos sesgos que han sido poco atendidos, como la situación de
desigualdad y vulnerabilidad de las cuales son objeto las mujeres de las
comunidades rurales.
Para el
caso mexicano, de acuerdo con Méndez et al. (2023), el rezago del campo mexicano
en los últimos 40 años se da por la globalización de la economía, el
empobrecimiento, el desempleo, la migración de la población rural dedicada al
campo, así como por los programas asistencialistas enfocados en la erradicación
de la pobreza. En este contexto, la agricultura familiar continúa siendo la
principal actividad para el sustento de los hogares rurales. Por su parte, Schejtman (1980) considera que la característica central de la
economía campesina es la no utilización de la fuerza de trabajo asalariada para
la producción, y que la unidad campesina tiene como base el trabajo familiar,
convirtiéndola en una unidad de producción y de consumo.
La población
indígena de México forma parte de los grupos más desfavorecidos y pobres de la
sociedad, los más discriminados y rezagados. Sin embargo, el que compartan
carencias generales con otras poblaciones no significa que todos los pueblos
indígenas y todos los indígenas sean iguales. De acuerdo a Inmujeres
(2006), su precariedad y su condición de vida aqueja diferencialmente a las
distintas culturas indígenas, afectando en mayor medida a las mujeres.
En
este sentido, investigaciones realizadas en el territorio como las de Robichaux (1995), Estrada (2005) y Hosterttler
(1996), en unidades domésticas rurales al sur de México, han logrado categorizar
los grupos domésticos a partir de la agricultura familiar, la participación de
los miembros y distribución de tareas en las actividades agrícolas. Un estudio
similar es el de Estrada et al. (2020), que aborda los grupos domésticos
rurales de Quintana Roo, de manera conjunta con las relaciones de parentesco
para evidenciar cómo se dan los comportamientos relacionados a la herencia de
bienes y derechos, así como la red de relaciones en las comunidades mayas.
Por otro lado, continuando con la distribución de actividades
domésticas, extradomésticas y de cuidados en las
comunidades indígenas, específicamente del estado de Guanajuato, México, Lázaro
et al. (2007) abordaron la desigualdad de los roles de género en las unidades
domésticas y las relaciones de poder a partir del caso de las jefas de familia.
El trabajo de los autores expuso modificaciones en el incremento en la jefatura
femenina del hogar, derivada de la migración masculina en las familias y los
procesos de globalización. Estos procesos han cambiado el modo de vida rural,
desde la producción, la organización del trabajo y la identidad de estas
poblaciones. Para los autores, quizá estos hechos han alterado también los
hogares y las relaciones entre los miembros de la familia.
Lo
anterior da muestra de los trabajos relacionados a las unidades domésticas
rurales en México a partir de la producción agrícola, sus medios y la
participación del gobierno a través de sus programas para promover el trabajo y
producción de las familias de las comunidades y evitar el abandono del campo
mexicano. Pero también se considera importante saber qué ocurre con las mujeres
rurales, su entorno y su unidad familiar como parte de estas trasformaciones
del campo.
Hay que
mencionar además aquellas aportaciones que atienden la desigualdad femenina
rural y la reconfiguración de los roles desde otro ángulo, como los estudios
que han abordado la condición femenina en el campo mexicano desde la movilidad
espacial de las mujeres rurales, como los de Szasz (1999), García, Camarena y Salas
(1999), de los cuales se desprenden bajo qué
condiciones las mujeres jóvenes podían migrar del campo a la ciudad en busca de
trabajo, destacando las desigualdades entre hombres y mujeres dentro de su
entorno como uno de los motivos para salir de su comunidad. Del mismo modo,
López y Rojas (2017), dando continuidad a lo que sucede en los trabajos a los
cuales acuden las mujeres del campo en zonas urbanas, destaca también la
desigualdad salarial y segmentación del trabajo de las cuales son objeto.
Lo
anterior expone una persistencia en la desigualdad laboral y salarial de las
mujeres que salen de sus comunidades por la desigualdad social y familiar en la
que viven, para participar en empleos en donde también padecen esta condición.
Quizá el fenómeno no sea tan intenso con aquellas mujeres que lograron tener
acceso a una educación que les permitiera adquirir herramientas para
desenvolverse profesionalmente.
En este mismo tenor, López y Rojas (2017) señalan cómo las
mujeres en México que salen del espacio doméstico para incorporarse al mercado
laboral producen un impacto en el modelo tradicional de familia que otorgaba a
estas los espacios domésticos, privilegiando a los varones como únicos
proveedores, protagonistas de la esfera pública, es decir, romper con los
patrones sociales y familiares sobre la distribución de las actividades y
responsabilidades de las mujeres al acceder al mercado laboral. Con lo anterior
se demuestra que a pesar de los avances en materia educativa y de trabajo en
las mujeres, a partir de la década de los años ochenta del siglo pasado, aún
existen rezagos en términos de una democratización de la vida doméstica y un
continuo predominio de las desigualdades de género en las familias, implicando
incluso restricciones para la movilidad femenina.
Otra de las implicaciones que las mujeres del campo
debían enfrentar es lo señalado por Arizpe (1985) y Goldsmith (1990), al
referir que la decisión dentro de la familia relacionada con la salida de las
mujeres de la comunidad recaía en el jefe de familia, ya que consideraba más
útil la participación de las hijas en el trabajo asalariado en zonas urbanas, y
que, a su vez, le permitía al jefe de familia mantener el control sobre los
ingresos de éstas que sobre los ingresos de sus hijos varones; lo anterior
refuerza la condición de desigualdad de las mujeres en sus hogares y lo ya
mencionado en párrafos anteriores sobre el uso de algún tipo de violencia por
parte de los jefes de familia con el resto de los miembros de la familia.
Desde otro enfoque planteado por Arizpe (1985), se
destaca que las jóvenes de comunidades indígenas en México se empleaban en
trabajos conseguidos o mediados por parientes, tenían prohibido vivir fuera del
entorno familiar, por lo que el trabajo doméstico, a pesar de ser considerado
un espacio laboral, era aprovechado como un espacio social adecuado para ellas.
Lo interesante de este aporte recae en la percepción sobre la integración a
este tipo de empleos, en donde a pesar de las restricciones establecidas al interior
de sus hogares, las mujeres que salían de sus comunidades para trabajar podían
interactuar libremente con otras personas. En este sentido, las autoras parten
desde los estudios sociodemográficos centrados en la comprensión de las
ruralidades mexicanas y los efectos que ejercen sobre sus familiares que se
quedan en sus comunidades de origen.
Por lo tanto, Szasz (1999) recalca que, para
explicar la selectividad femenina en las migraciones rural-urbanas, es
necesario el análisis de las unidades domésticas de las migrantes, así como las
unidades de producción campesinas. En este sentido, la autora respalda las
posturas anteriores con relación en las unidades domésticas campesinas; la
migración femenina era una estrategia de sobrevivencia y reproducción social,
enfatizando que las mujeres migrantes, actuaban en función de la familia,
sentenciada por la autoridad patriarcal. Lo anterior ya ha sido abordado por
García, Camarena y Salas (1999), quienes distinguieron una serie de conflictos y tensiones
al interior de las familias rurales mexicanas, en donde prevalecen valoraciones
que denotan desigualdad de género y por edad, que se contraponen a la
participación de las mujeres en el mercado laboral local, aumentando sus
posibilidades de migrar como consecuencia de la incorporación de las mujeres
rurales al trabajo remunerado, derivado de las crisis del campo.
Continuando con las aportaciones desde la migración
rural femenina, estas son parte medular en el entendimiento de la adaptación de
nuevas formas de organización familiar, así como de la reconfiguración de los
roles de género y del origen en algunos casos, de los altos índices de los
hogares con jefatura femenina en las comunidades. En este sentido, pueden
destacarse otras tendencias que guían el objetivo de la investigación, como:
1.
La migración, abordada
por la socióloga Maier (2016) en el norte de México; Arizpe, (1975) y las
mujeres migrantes en la ciudad de México; Ruiz (2002) y la migración de mujeres
indígenas de Oaxaca; Velazco (1995) y su análisis sobre migración femenina de
las mujeres mixtecas en Tijuana. Por nombrar algunas.
2.
La inserción de
la mujer al trabajo remunerado, expuesta por García (1999, 2019), Arriagada
(2013), Zabala (2009), García y Oliveira (2004); entre otras.
3.
La distribución
desigual del trabajo doméstico, desde la reflexión de Damián (2008, 2011),
Rodríguez (2014), García y Oliveira (1994), García (2019), De la fuente (2018).
4.
El papel que
las mujeres realizan, como encargadas de transmitir valores y costumbres en sus
grupos familiares, analizada por ONU-Mujeres (2022), Blanco (2008), Fernández
(2015), Garzón, et al., (2014), Denuncio (2021).
Estas vertientes impactan más en la vida de las
mujeres indígenas, en algunos casos son factores que determinan la permanencia
de las mujeres en sus comunidades o que coaccionan para migrar, por lo que es
necesario ahondar en estas tendencias. Sin embargo, lo expuesto hasta ahora no
supone que las migraciones femeninas se dan bajo las mismas condiciones; por
tanto, no deben pasarse por alto aquellas situaciones en donde son las propias
mujeres quienes deciden libremente salir de sus comunidades con la intención de
mejorar su calidad de vida y/o apoyar económicamente a sus familiares que se
han quedado en casa.
Con lo que respecta al sitio de estudio y retomando
los hallazgos previos, se tiene que Nahmad
y Carrasco (1998) expusieron cómo en las últimas décadas las unidades
familiares de la Huasteca, las mujeres han tenido un papel destacado,
considerando algunas diferencias entre los nahuas y los tenek.
Para estos últimos, la participación de la mujer es más intenso en el trabajo
productivo y en asambleas comunitarias, administra la vivienda y a sus miembros;
de igual manera, es común encontrar mujeres tenek
propietarias de parcelas, las cuales trabajan y comercializan sus productos
ellas mismas, fabrican artesanías y desarrollan el papel central en las
actividades domésticas. Por otro lado, de acuerdo con los autores, la división
genérica del trabajo entre los nahuas es más contundente, las mujeres tienen
menor participación en las actividades agrícolas y artesanales.
Así
pues, a través del trabajo de Baca et al. (2006) en la Huasteca potosina, El desarrollo en la encrucijada:
¿sustentabilidad para quién?, se posiciona a la mujer como el eje principal
para la conservación de la lengua, de las normas de comportamientos, de la
filosofía y visión del mundo, así como la figura que concentra y resguarda los
conocimientos y habilidades, los cuales se han ido transmitiendo de generación
en generación. En este sentido, Aguirre (2018) robustece el papel de la mujer
en la organización familiar. Desde la infancia, las mujeres van construyendo un
conjunto de saberes que les han transmitido sus abuelas y sus madres. La autora
manifiesta cómo estas mujeres aprenden actividades propias de la cocina como la
molienda de nixtamal, la preparación de alimentos, así como el cuidado de
hermanos menores.
Concluyendo
entonces que las mujeres tenek no solo son quienes
alimentan a la familia y ven por sus miembros, sino que también poseen gran
conocimiento sobre medicina tradicional, conocen las hierbas que le hacen bien
al cuerpo y al espíritu; asimismo, están las mujeres tenek,
hábiles con el bordado en punto de cruz, estrellas, plantas, decoran manteles y
quexquemetls2.
Esta investigación busca abordar las experiencias
de vida de mujeres tenek y náhuatl, con las cuales se
realizó el trabajo de investigación. La elección de la región de estudio, parte
de la convivencia entre grupos de ambas etnias, lo que permitió caracterizar a
cada etnia y describir la forma de organización familiar. Las mujeres de estos
sitios migraron a centros urbanos cercanos a su lugar de origen y/o al norte de
país como consecuencia de la falta de solvencia económica que les permitiera
continuar sus estudios o, en el mejor de los casos, brindar ese espacio a otros
miembros de la familia, así como para contribuir con el gasto familiar. Se
pretende entonces comprender los elementos comunes en las experiencias de la
ciudad que tienen estas mujeres de comunidades del municipio Tancanhuitz, en la
Huasteca potosina, así como la manera en que adaptaron o transmitieron estas
nuevas experiencias en su vida familiar.
Procedimiento
metodológico
Como parte de las herramientas y particularidades
metodológicas utilizadas para esta investigación, se realizó trabajo de campo
durante los meses de octubre a diciembre de 2023 y abril de 2024. Se trabajó en
las comunidades de Piaxtla, Tamaletón, Chacatitla y Tzepacab, así como
la cabecera municipal de Tancanhuitz. El enfoque de la investigación fue de
corte etnográfico. La estancia en campo permitió la participación en la vida
cotidiana de las mujeres y sus familias, en algunas comunidades el alojamiento
se dio en las viviendas de mujeres que apoyaron en la traducción de la lengua tenek.
Cabe resaltar que también se realizó un
acercamiento con las autoridades de la Universidad Intercultural de San Luis
Potosí, sede Tancanhuitz, de quienes se obtuvo el permiso y apoyo para tener un
acercamiento con las alumnas de la institución. Las entrevistas aplicadas a las
estudiantes se realizaron en instalaciones de la institución.
La principal herramienta para campo fue la
elaboración de entrevistas semi estructuradas, que comprendían preguntas de
información general básica de las mujeres, así como preguntas abiertas sobre
las vivencias de las mujeres durante su niñez, con la finalidad de que, a
manera de conversación, ellas contaran su vida. De igual manera, se preguntó
sobre la percepción que ellas tenían en relación con la división sexual del
trabajo, el concepto de género y pobreza. La pregunta planteada para abordar el
tema fue, ¿Te has visto en la necesidad de
trabajar o estudiar fuera de tu comunidad?
El rango de edades de la población objetivo fue de 18 a 70 años, sin distinción
de su estado civil y escolaridad.
Para sustentar la pregunta planteada que llevó al
desarrollo de los factores que determinan la movilidad de las mujeres, se
consideró la estrategia de supervivencia familiar, señalada por García y
Oliveira (1990), la cual enfatiza en cómo los rasgos familiares son
condicionantes de las características individuales y de la participación
económica. Las autoras, a partir de este enfoque, informan de arreglos al
interior de las familias, que son utilizados como mecanismos para dar frente a
las privaciones económicas, sugiriendo entonces la aplicación de entrevistas a
profundidad, para dar cuenta de la complejidad del fenómeno.
En este documento se emplean extractos de
entrevistas de casos de mujeres que migraron desde temprana edad para trabajar
al cuidado de otras personas o en el servicio doméstico, lo que permite
respaldar los resultados obtenidos con base en los criterios y parámetros
propuestos para atender el objetivo del trabajo. Estas movilidades espaciales
inician al interior de su municipio, con mujeres que en su edad adulta se
trasladaron a otras ciudades del país empleándose mediante los contratos
agrícolas, comercios o fábricas. Para ambos casos, son relatos de mujeres que
regresaron a su comunidad de origen para establecerse o formar una familia.
En este proceso participaron 43 mujeres con
distintos niveles educativos, de las cuales solo 20 se vieron en la necesidad
de migrar, siendo 11 pertenecientes a la etnia náhuatl y 9 a la etnia tenek. La información recolectada fue expuesta a un
análisis narrativo, en el cual se identificaron distintas percepciones sobre la
división sexual del trabajo, los roles de género al interior del hogar y la
autonomía de las mujeres. Entre los contratiempos enfrentados se incluye desde
la escasa información documental de corte histórico, económico, cultural y
social de las comunidades visitadas, hasta la dificultad para que las mujeres
accedieran a las entrevistas, en estos casos, se solicitó el apoyo de las
autoridades comunitarias y de las parejas de las mujeres para lograr un
acercamiento eficaz.
Resultados
Sobre la región de estudio: El caso de la Huasteca
potosina
Para una comprensión más certera sobre las
experiencias de vida de las mujeres huastecas, es necesario conocer el contexto
histórico y cultural de las comunidades de origen de las migrantes. El
municipio de Tancanhuitz se localiza en la parte sur del estado de San Luis
Potosí, México, forma parte de la denominada Huasteca potosina. El municipio
destaca por concentrar dentro de un mismo territorio las etnias náhuatl y tenek. En este sentido, Ávila y González (1998)
enfatizan sobre las distintas definiciones que colocan a la Huasteca con
proporciones significativas de por lo menos de tres estados: el oriente de San
Luis Potosí, el norte de Veracruz y el noroeste del estado de Hidalgo; sin
embargo, los autores reconocen la existencia de diversos análisis de la Huasteca
que consideran al estado de Tamaulipas y una parte del estado de Puebla.
Experiencias de vida de
mujeres huastecas migrantes
El análisis de las transformaciones en los roles de género en
unidades domésticas de la Huasteca se realizó a través de un acercamiento
directo con la población objetivo. Las mujeres de la Huasteca potosina, de
acuerdo con sus testimonios, han salido a trabajar fuera de sus comunidades
entre la edad de seis y ocho años. Sus primeras experiencias se dan en entornos
conocidos, es decir, que los primeros lugares en donde gran parte de las
mujeres tuvieron su primer trabajo fue en casa de sus maestras de primaria o
secundaria, quienes acudían a las escuelas de sus comunidades a impartir
clases.
De acuerdo con las entrevistadas, durante los periodos
vacacionales se consideraba “normal” que las niñas se fueran a vivir con sus
maestras para trabajar limpiando su casa, cocinando, e incluso cuidar de los
hijos pequeños de las maestras. Generalmente estas mujeres llegaban a casa de
quien las llevaba o se quedaban en las casas donde trabajaban como empleadas
domésticas.
“Yo estudié
hasta la secundaria, por decisión propia, yo ya no quise estudiar. A los 15
años yo me fui a trabajar a Guadalajara de doméstica. Mi hermana mayor me
llevó, a ella la invitaron unas primas, veníamos cada 3-4 meses, ahí estuve un
año. De ahí me pasé a San Francisco del Rincón, Guanajuato. Ahí estuve tres
años, con mis tíos que viven allá. Estaba en una fábrica de calzado, de ahí me
fui a San Luis Potosí, en la capital, ahí estuve año y medio trabajando en
casa. Después me regresé a la comunidad y ya me junté” (Brígida, 44 años, 28 de noviembre de 2023).
El análisis del desplazamiento físico de las mujeres, como ya
se ha mencionado, permite rescatar las experiencias de vida de las mujeres
huastecas. De esta forma se comprende bajo qué contexto se dio la salida de las
mujeres de la comunidad, así como su colocación laboral. Durante el trabajo en
campo, se observó que las dinámicas entre los miembros de la familia se dan de
manera igualitaria, es decir, las tareas domésticas se realizan entre todos los
miembros de la familia, en casos en donde el jefe de familia e hijos permanecen
en comunidad. De acuerdo con las entrevistadas, se procura transmitir estos
valores de igualdad entre sus hijos, a partir de las experiencias de ellas y
sus parejas en otros sitios.
En este punto, es relevante que la investigación que aborde
la migración femenina como resultado de patrones de desigualdad hacia las mujeres
dentro del núcleo familiar, y el trabajo infantil femenino, se le añadan los
posibles acuerdos familiares que dieron paso a estos hechos, en caso de
existir. Algo que es necesario recordar, es que el concepto de género continúa
siendo un elemento del cual se desprenden las desigualdades y/o
vulnerabilidades de las mujeres.
“Yo salí a trabajar a Guadalajara como 11 años, a mi esposo lo conocí aquí
en Piaxtla, estuvimos viviendo un tiempo allá. A mi hijo le enseñé a lavar
trastes y su ropa. Antes se tenía la creencia de que hombres en la milpa y
mujeres en la cocina. Mi esposo lava la ropa o la tiende, yo siento que a él le
ayudó mucho salir a la ciudad, allá agarramos otras costumbres diferentes de
que hasta los hombres también lavan, por eso mi esposo también agarró esa
costumbre. (Antonia, 42 años, 07 de
noviembre de 2023).
Lo dicho hasta aquí supone la
existencia de acuerdos mutuos entre las parejas de las regiones de estudio. Las
experiencias de vida y de concebir la organización familiar que las personas
han adquirido al momento de migrar permiten reestructurar de manera inconsciente
la concepción que hombres y mujeres puedan tener respecto a los roles de
género, así como la distribución de actividades dentro y fuera del hogar. Estas
“nuevas formas” de participación en el hogar se transmiten hacia los hijos,
sobrinos y demás miembros de la familia. Así pues, retomando García y Oliveira
(1994), tanto en la familia como en la unidad doméstica, se van construyendo
acuerdos entre sus miembros y estructuras, sobre la reproducción cotidiana y
generacional, recreando relaciones sociales que contribuyen a una
reorganización en las dinámicas y responsabilidad familiares. Esto es, que la
comunicación existente entre los padres libera de las etiquetas sociales a las
mujeres respecto a las responsabilidades de estas como madres y mujeres del
hogar.
Se
considera necesario, en este punto, plantear que a pesar de las personas de las
comunidades que han vivido la experiencia de convivir en otros espacios, con
otras culturas, y que tienen una noción sobre la equidad en la distribución de
las tareas domésticas y de cuidados en los hogares, no siempre se practica. Con
base en lo anterior, Tepichin (2016) menciona los
patrones androcéntricos como aspectos que privilegian lo masculino sobre lo
femenino, los cuales persisten al interior de las relaciones sociales y
personales que, si bien, puede ser las propias mujeres quienes repitan estos
patrones, porque es lo que conocen, es con lo que crecieron.
Como
parte del acompañamiento que se hizo con las mujeres durante el trabajo de
campo, se observó que estas sí reconocen la igualdad en el hogar, pero les es
difícil ejercerla, esto se da por dos situaciones. En primer lugar, porque aún
sigue existiendo la necesidad de que la pareja salga de la comunidad a trabajar
o pase la mayor parte del tiempo fuera del hogar por las actividades agrícolas;
en segundo lugar, porque los hombres de las comunidades que se visitaron,
prefieren que las mujeres administren el hogar y tomen las decisiones, porque
para ellos, las mujeres son quienes más conocen sobre las necesidades de su
hogar y sus hijos porque son las que pasan más tiempo en las viviendas.
Incluso, retomando lo establecido por Esteinou
(2001), las modificaciones estructurales entre los miembros de la familia van
produciendo a la par una resignificación en la estructura tradicional familiar
para mantenerla, pero agregando actividades externas como el trabajo extradoméstico, lo que parece mantener un patrón derivado
de las necesidades de las familias y no tanto por los supuestos sociales.
Como
se ha expuesto a lo largo del documento, tanto los roles de género como las
actividades domésticas en los hogares rurales se han reconfigurado a partir de
las experiencias de mujeres migrantes, que se han involucrado en las dinámicas
familiares de zonas urbanas, lo que quizá les ha permitido tener apertura hacia
la organización familiar. En concordancia con lo señalado por Arizpe (1985),
fenómenos como la migración han influido sobre la individualidad femenina en lo
público, logrando con esto eliminar la óptica que percibe a las mujeres como
esposas o amas de casa, para colocarlas como trabajadoras, empleadas y
ciudadanas con derechos. La idea central de este párrafo, no generaliza las
situaciones. Es decir, no se da por hecho que en el contexto urbano exista una
igualdad de género impecable, claro que existen hogares en donde aún está
marcada la designación de tareas entre los miembros del hogar en estos
contextos.
Al
respecto, Aguilar y García (2019) han abordado el papel que las mujeres
migrantes ocupan en la reproducción social del país, pero también objeto de
violación a sus derechos humanos derivado de su condición de género y de
migrante. De aquí surgen otras aristas que podrían ahondar sobre el desarrollo
de las vivencias de estas mujeres que migran y se colocan en empleos, es decir
profundizar más sobre las barreras a las cuales se han enfrentado a lo largo de
este proceso.
Las
mujeres que deciden migrar, lo hacen con la firme idea de regresar en algún
momento a sus comunidades de origen, por tres principales razones, la primera
es en relación al término del contrato de trabajo en el campo, en caso de
existir, el deseo de formar una familia, y el regresar por sus hijos que han
dejado encargados con otros miembros de la familia. Las mujeres que desde
temprana edad migraron por cuestiones de trabajo, mencionaron que terminaban
regresando a su comunidad en las temporadas de cosecha y/o molienda,
reconociendo así el compromiso de ellas hacia sus padres, ya que en esas
temporadas se requiere de personas para el trabajo en el campo.
En
este orden de ideas, continuando con las vivencias encontradas, se tiene
también experiencias que van desde aquellas mujeres que por decisión propia
abandonaron sus estudios porque prefirieron que sus hermanos o hermanas menores
completaran la primaria o secundaria, y ellas emplearse dentro de su comunidad
o en la cabecera municipal, en comercios o ayudando al cuidado de niños, para
ayudar con la economía familiar. De igual manera, están aquellas mujeres que
tuvieron la pérdida de sus papás durante su niñez o el abandono de estos, por
lo que ellas se vieron en la necesidad de trasladarse con conocidos o
familiares a otros sitios fuera de la región para trabajar, desde lavar trastes
o ropa ajena o en pequeños comercios.
Los
extractos expuestos en este trabajo son solo una muestra de la realidad de las
mujeres huastecas. Acontecimientos que impactaron su niñez son parte
fundamental del presente de ellas. Algunas reconocieron que a pesar de tener
una infancia difícil derivada de la escasez económica o de algún tipo de
violencia en su hogar, se propusieron mejorar su situación y evitar repetirla
en un futuro con sus hijos. Su participación en las labores del campo, también
les dio acceso a nuevas herramientas de supervivencia en su vida.
“Conocí a mi esposo cuando fui a trabajar en el
contrato, en el corte de tomate, fue en torreón. Yo tenía como 14 años, no
tenía hijos. Hablo tenek y mi esposo náhuatl. Terminé
la primaria a los 12 años, mi papá tuvo un accidente, le cortaron un brazo y ya
no pude estudiar, si él no puede trabajar cómo vamos a estudiar, esa fue
decisión mía, le dije a mi mamá y me dijo que estaba bien. Me dijeron que me
iban a llevar a trabajar. Me fui por Río Bravo, un año hice, el trabajo que
encontré era en una tortillería, de ahí me regresé. En ese entonces yo tenía 13
años. Me fui con mi hermana, es casada, vive allá y me consiguió el trabajo.
Nos fuimos hasta allá porque ellos antes se hablaban entre amigas y las
llevaban”
(Anatolia, 28 años, 15 de noviembre de 2023).
Las
historias compartidas ayudan también a la comprensión del abandono escolar a
temprana edad por parte de las mujeres de la huasteca, así como su historia
familiar. Se reconoce entonces la presencia del trabajo infantil en las
comunidades de la región visitada, como consecuencia de la insuficiencia de
ingreso en el hogar que impide proporcionar a los hijos, hijas y pareja, los
bienes necesarios para su desarrollo, priorizando el acceso a la educación de
los menores del hogar.
El
caso de Anatolia ilustra bien este aspecto. Ella optó por ayudar económicamente
a su familia, realizando labores con alto grado de responsabilidad durante su
corta edad; en este sentido, el papel que desarrollan los hermanos mayores en
las familias, son quienes se comparte la carga de trabajo doméstico y la
responsabilidad del cuidado de los demás miembros de la familia, acción que es
considerada como apoyo hacia los padres. Este tipo de actos o vivencias son
persistentes en algunas partes de la región visitada, por lo que en ocasiones
son acciones normalizadas por las familias. De acuerdo con las vivencias
obtenidas durante el trabajo en campo, el trabajo de niños y niñas en el campo
es considerado parte de su cultura; por un lado, se percibe como “ayuda” a la
familia, y por otro como aprendizaje
sobre los oficios del campo.
En las comunidades visitadas, el trabajo infantil y la migración son
acciones aceptadas por los padres de familia. Por lo que puede ser considerado
como mecánica de subsistencia.
Conclusiones
Los
elementos que han sido expuestos revelan la necesidad de ahondar en la
comprensión del fenómeno de la migración femenina rural a partir de situaciones
que obligan o condicionan a las mujeres, como la desigual distribución
económica en las viviendas, la violencia, la distribución de actividades
domésticas que con frecuencia recae sobre ellas; de igual manera, aspectos que
por decisión propia y para beneficio económico de los integrantes de la familia
deciden salir de sus hogares, así como el trabajo infantil femenino.
Lo
planteado hasta aquí consideró reflexionar sobre las historias de vida
compartidas de las mujeres huastecas. De donde se desprenden interesantes
aportaciones a los estudios de la mujer. Se destaca entonces que, en las
viviendas rurales, la organización familiar, la toma de decisiones y los roles
de género al interior de los hogares, se dan en función de la disponibilidad de
los miembros de la familia, es decir, quienes no salen de la comunidad ya sea
para estudiar o trabajar, son responsables de la administración del hogar y del
cuidado de los hijos y/o hermanos.
Se
identificó que la división sexual del trabajo no es una práctica vigente en su
totalidad en las comunidades, debido a que en la actualidad, hombres y mujeres
participan en tareas del campo y del hogar. La interacción con otros grupos
poblacionales modifica patrones familiares que fueron adquiridos durante la
crianza. Por otro lado, las responsabilidades del hogar o trabajo que
adquirieron las mujeres migrantes a temprana edad, influyó
para romper con los patrones establecidos durante su infancia por sus
cuidadores. Lo que quiere decir que, en la actualidad, las parejas conversan
con sus hijos e hijas antes de que estos formen una familia, para hacerles
entender las responsabilidades de un hogar no solo recaen en uno de los dos,
tampoco que el papel de proveedor necesariamente es ejercido solo por la figura
masculina del hogar.
Abordando el abandono escolar a
temprana edad por parte de las mujeres, se deduce que, si las comunidades
rurales contaran con un acceso a la educación de calidad en los niveles
básicos, dentro de sus comunidades, difícilmente las mujeres se verían en la
necesidad de salir a estudiar a otros sitios, ocasionando que se empleen como
domésticas a la par, para sostenerse o “ayudar” a su familia. Gran parte de las
mujeres con las que se trabajó expresaron tener un conocimiento de los derechos
de las mujeres relacionados con el acceso a la educación; sin embargo, dentro
de sus comunidades y familias, tradicionalmente se continúa desvalorizando la
educación en las mujeres.
Notas:
1.
Documentos constituidos por imágenes que formaban un sistema de comunicación.
Con la irrupción de los españoles en el territorio, los conquistadores,
autoridades eclesiásticas y civiles, realizaron varias copias de códices
ancestrales para comunicar al imperio español diversos aspectos de las culturas
indígenas. Este códice recibe el nombre de Mendoza o códice Mendocino, en honor
a Antonio de Mendoza, primer virrey de México, quien mandó a hacer este
documento con la finalidad de que el rey Carlos V conociera la organización
social e historia de los pueblos indígenas.
2. Prenda femenina de la etnia
tenek del estado de San Luis Potosí. También
utilizada por otras etnias de México desde la época prehispánica.
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Autores:
Beatriz Gómez: Doctorante del programa de posgrado Estudios
Latinoamericanos en Territorio, Sociedad y Cultura, por la Universidad Autónoma
de San Luis Potosí, México. Líneas de investigación sobre pobreza,
desigualdades sociales y estudios relacionados con mujeres indígenas e infancias.
Actualmente docente en la Universidad Potosina.
Valente Vázquez: Doctor en Geografía por la Universidad Nacional
Autónoma de México. Profesor investigador de tiempo completo en la Facultad de
Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí,
México. Profesor de Posgrado el área de Ciencias Ambientales y de Estudios
Latinoamericanos en Territorio, Sociedad y Cultura.
Anuschka Van´t Hooft: Doctora en Lengua y literatura por la Universidad
de Leiden (países bajos). Profesora-Investigadora de tiempo completo en la
Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Líneas de investigación: las lenguas y
culturas originarias, temas de cultura y ambiente en comunidades originarias. Actualmente
es Coordinadora Académica del Programa Multidisciplinario de Posgrado en
Ciencias Ambientales de la UASLP (2023-2025).